25 ago. 2009

Mitorelato 29 El Reciclador (Penúltimo del verano).

Le ha salido un poco caro el capricho. Pero cuando los operarios terminaron la instalación ardía en un único deseo; probar aquella prodigiosa máquina. Lo ha hecho al quedarse solo, en silencio. La primera prueba ha consistido en meter por unas ranuras, dispuestas al efecto, las hojas sueltas arrancadas al azar de libros. Unas cuantas dice el prospecto. Trasladadas a su memoria, este Reciclador, pasado un corto tiempo, sacará en un límpido folio una nueva composición literaria ajena a ideas precursoras. Metió una pagina de poemas de Neruda, otra de un relato de Charles Logan. Completó el suministro con otra página al azar de Fahrenheit 451 de Bradbury. Aplicó su ansioso índice en el teclado de mandatos y esperó.
Tras unos segundos de silencio, el Reciclador dió señales de actividad. Procesó el trabajo y por la rendija a tal efecto destinada, lenta y silenciosamente, apareció un billete de quinientos euros.
Asombrado comprobó su autenticidad, su textura, su sonido metálico. Perplejo, sin explicación a lo ocurrido, por intuición, se le ocurrió invertir el proceso. Metió el novísimo billete por donde había introducido minutos antes las hojas sueltas de los libros y aplicó de nuevo el programa del Reciclador. Con una demora parecida, la máquina le ofreció, esta vez en un folio, un pequeño y enigmático poema:
Intentando la noche al monte sube
Y allí, sobre la roca, junto al mar, Tansis murió
Y la guerra empezó y terminó en aquel instante
Tardó varias semanas en descifrarlo. Y no ha vuelto, de momento, a enredar con el aparatito.
(C) M. Iglesias.


11 ago. 2009

Tiempo para leer

Bajo los abedules
En la mesilla de noche tengo El Mago, (Gracias, Chus Penas, cuñadísima de las letras) compleja y gótica novela (1966) de John Fowles. Se me ha encasquillado por la página 350. Su intelectualidad y las cosas que dicen de ella la crítica me pusieron sobre aviso. No obstante tiene pasajes extraordinarios junto a páginas de aridez metafísica. Fowles empleó veinte años para escribirla. Yo espero que, pasado el verano, pueda terminarla.
En verano lo que leo incansable son CUENTOS. En Venusyjanóbriga en verano vivimos del CUENTO.
Irregulares, espléndidos. Juan Bonilla, en Berenice, recopilación hasta noviembre de 2006. Cuentos: Basado en hechos reales. Una novela fallida me ha gustado menos que El dragón de arena, Alma cargada por el diablo, El dios de entonces. Una historia borrada. Otros ya leídos rebajan una pizca la emoción, pero es agradable volver sobre ellos; El cromo de Boronat, ejemplo. Bonilla demuestra una profunda dedicación a la parte teórica-cuentista. Parece mostrarnos los andamios trampantojos de su estilo y algo de sus fuentes en ese epilogo final. Debe tener en su decálogo aquello que decía Bolaño; “Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si se ve con energía suficiente, escríbalos de nueve en nueve o de quince en quince”.
También bajo mis abedules de verano tengo a Ignacio Vidal-Folch y sus doce relatos compilados en Noche sobre noche editado por Destino. Aquí me encuentro con una ironía melancólica de unos personajes humanos y vulnerables que aparecen con su rotunda estupidez en estas páginas publicadas este mismo año. Son sorprendentes: ¿Por qué dejaste ingenieros y te metiste a conductor de tranvías?, Noche sobre noche, el primero; Prognosis. Con un estilo personal uniforme en todos ellos.
Cuentos en verano. Los leo bajo la sombra matinal de los abedules. Luego, emulando a estos grandes maestros, desde la modestia, con una buena siesta, me pongo a destilar los concentrados que aquí en Venusyjanóbriga dan como resultado un chupito llamado mitorelato.

7 ago. 2009

Mitorelato 28 Desasosiego marital

(C) Dibujo: M. Iglesias Absolutamente todo lo que se barruntaba ha sucedido. Me lo dijeron de todas las maneras posibles. Cuando nos hicimos novios, en la boda. Estaba ciego. Ahora cuando hablo del asunto con algún amigo lo justifica-- todas hacen lo mismo, llegado el momento están cansadas, les duele la cabeza...No le des importancia, piensa que llega de la oficina, de conducir un autobús...
Llega a casa agotada. No quiero pensar en las huellas que todo ese cansancio deja en su hermoso cuerpo. Yo la abrazo en el sofá, con ternura. La beso con cierta aprensión y en la cama se queda dormida, como una niña agotada por el juego. En ese momento me levanto, regreso al sofá, pongo una de sus películas y me doy de bruces con la realidad. ¿Realidad? Si lo que se ve el cine es mentira. Intento convencerme, pero aparece ella esplendorosa, mirándome, vital, entusiasmada y entregada a un trabajo cuyos resultados me producen el más terrible desasosiego. Tengo una erección y lloro en silencio. (C)

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