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25 abr 2014

Mito Relato 42.- FIRMA EN EL AIRE



Soy un camarero circunstancial, con contrato por horas. Hay instantes, sin pretenderlo que las conversaciones de la gente, las frases sueltas, llegan a mis oídos con el efecto Doppler. Intento no reparar en ellas, que no me impregnen. Las risas forzadas ante chistes soeces. Gritos de niños. Jovenzuelos demorando la comanda mientras ajustan sus cuentas de resultados bajo la mesa y afinan  hasta con el agua. 
A la hora de comer se dejan destapados brevemente toda la colección de cualidades y defectos humanos: el afecto, cierto romanticismo de manual, la melancolía; también surge la chispa de los celos, los odios, el asco, esto último lo saco en las miradas. Otros comen en silencio. Cónyuges agotados de no decirse nada. La esposa se queja de la merluza, el marido asiente en silencio y mastica con ritmo sincopado. Sobremesas de plástico, insustanciales. Amodorradas conversaciones. Anécdotas de automóviles, conductores, averías, multas, excesos, atascos, Farias, chupitos. Ellas con las cosas de los críos, de la familia, dolores y padeceres ajenos reconfortantes.
 El colofón es buscar mi cómplice mirada — camarero ... Una firma se esgrime con donaire agobiante, en ese vacío triste y desangelado de una tarde de puente.  © M. Iglesias

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