5 abr. 2010

Mito Relato 51.- REVOLUCIÓN ESPONTÁNEA

Nada fue premeditado. No se puede buscar culpables, he ahí la gravedad del asunto. Su eclosión espontánea, súbita, universal, la convierte en el gesto sutilmente anárquico más grande de la historia.
Fue un martes, un día al azar, de mediados de abril. Las vísperas todas las oficinas bancarias pidieron efectivo a sus respectivos servicios de transportes de fondos. El Banco Nacional sí detectó el imprevisto flujo de efectivo. Algún comentario en los despachos. Alguna llamada. Nada más. Abrieron las oficinas a la hora de costumbre. Los empleados situaron grandes cantidades de billetes en las zonas visibles, mostradores, mesas de atención al público, sin precaución, sin las medidas cautelares habituales. Según fue llegando el público, en un movimiento colectivo sin premeditar empezaron a entregar grandes cantidades de dinero a cada uno de esas personas que entraban por la puerta. Fajos por estrenar de billetes ante el asombro de los primeros visitantes. En todas y cada una de las oficinas de todo el país estaba sucediendo lo mismo. Es sabido que la conducta humana, en estos casos de histeria colectiva obra de manera imprevisible. Se fue corriendo la voz. La locura colectiva de los empleados de la banca incendió las conciencias. Dotaciones policiales de urgencia se personaron en las oficinas mayores, no pudiendo hacerlo en las pequeñas, pueblos y localidades periféricas. El caos se propagó con la entrada de estos nuevos beneficiarios en el reparto; policías, guardias de seguridad. Todos aceptaban la dádiva.

A media mañana la cantidad donada en toda la nación era inmensa. La noticia saltó a los medios de comunicación que multiplicó los efectos. Los fotógrafos, cámaras, reporteros, enviados, optaron por unirse a la zarabanda de billetes que suponían en todos los casos, sus salarios de diez o quince años.

Cuando el ejercito quiso intervenir, cerca del mediodía, las entidades financieras, por medio de sus “fieles” empleados, habían regalado una suma equivalente al 65% de sus pasivos. El toque de queda fue respetado por una población inmensamente rica. En muchos casos, los pudientes también se beneficiaron de aquella locura, no fueron los casos más numerosos, es cierto. Fueron numerosas las solicitudes de información de sus propios fondos ante las inquietantes noticias.
Las autoridades, bloqueadas por aquel acto insólito, tardaron demasiado en tomar medidas. Los bancos intentan buscar una solución legal para recuperar su patrimonio. Los empleados pasaron a las dependencias policiales. Aparecen felices en los telediarios. Las gentes en sus casas no terminan de creerlo. En unas horas todo parece diferente. Algo se ha roto para siempre. (C) M. Iglesias.
Extraido de la película "El concursante". de Rodrigo Cortés

2 comentarios:

Trecce dijo...

Creo que se queda corto, la realidad es aún peor.

Carlos García Valverde dijo...

Un tendero de león, con el que tuve una cierta relación, enfebreció de repente una mañana y salió a la puerta de su establecimiento, regalando camisas a todo el que pasaba. Dicen que el alcohol tuvo mucho que ver en esa súbita prodigalidad. Para cuando se consiguió que atendiera a razones, había acabado con una buena parte de las existencias. Tu relato me ha recordado aquella anécdota, ocurrida hace ya más de veinte años.

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