27 oct. 2008

Mitorelato-6 ICARIO, La temperatura de fusión de la cera















ICARIO, la temperatura de fusión de la cera.

Icario entró de crío a trabajar en Fulgencio Cía. de Coloniales. Dejó la escuela con las cuatro reglas. Muy mandado y rápido en aprendizajes, comenzó a llevar dinero a casa. Es una ventaja empezar de chico de los recados, llevador de cafés y atento con D. Fulgencio, una verdadera leyenda local en los negocios privilegiados de productos escasos y cotizados.
La cosa es que Icarín por correspondencia se empapo en materias como contabilidad, mecanografía e incluso lució su iniciativa con la puesta en marcha de un sistema de archivo revolucionario y funcional con el que D. Fulgencio le premió con la categoría de administrativo y un sueldo de seiscientas pesetas, un dinero que Icario entregaba orgulloso a su madre cada mes en un sobre azul celeste.
No convertiremos el relato en novela corta. Sepamos que tanto Icarín como la Cía. progresaron paralelamente. El tiempo quiso que Icarín se transformase en Don Icario. y que orquestara el proceso de cambio que transformó Coloniales en una gran empresa en un país en progreso. Los hijos de D. Fulgencio, formados en la universidad, se hicieron con las riendas y contaron con el leal y esforzado empleado que vieron desde niños en la ahora empresa moderna. Maquinas de escribir eléctricas, nuevos sistemas de ventas, participación en empresas proveedoras que eran absorbidas. Todo se hizo más grande. Icario tenía su despacho, su teléfono, una secretaria feúca y eficiente llamada Paquita. Se le consultaba cuestiones de capital importancia; color de las paredes, estilo de persianas exteriores. Las cuestiones de calado le llegaban a tiro dado. Los Herederos de Fulgencio y Cía. de Coloniales se convirtieron en Fulginsa, nuevos métodos, empleados contratados por sistemas de selección complejos. Todo fue superando al veterano Icario. El día del entierro de D. Fulgencio Icario lloró sinceramente para a continuación sentir un desasosiego ante el futuro que le sacaron canas y le hicieron insomne. No habían pasados tres meses de la muerte del fundador cuando los nuevos dueños comenzaron los cambios en la empresa. Llegaron una mañana unas enormes cajas. Operarios especialistas montaron aquellos instrumentos y todo se transformó de la noche a la mañana. Icario intento con esfuerzo reciclarse. En esta primera embestida lo consiguió y se mantuvo al nivel de eficacia y disposición de siempre. Aquellos instrumentos eliminaban los grandes esfuerzos de las horas extras y con sutiles traqueteos escupían listados, facturas, previsiones. A esa primera revolución siguieron otras. Icario estaba dispuesto siempre a ir más allá, a subir más alto. La empresa siguió creciendo. Icario viajaba, luchaba por conseguir los objetivos, cada vez más altos, más difíciles.
Ficharon a un joven con dos o tres carreras. Era su nuevo jefe. A los dueños dejo de verlos y todo se fue haciendo distinto, frío, calculado, con unas exigencias inhumanas. Esta nueva época pillo a Icario mayor. Ya se movía a otro ritmo. Comenzaba a sentirse perdido. Él lo intentaba, se quedaba hasta tarde trabajando, intentando comprender.



Hace unas semanas cambiaron los teléfonos. Pusieron unos de última generación. Con esos aparatos se eliminan definitivamente el estilo y las maneras de Icario. Ya no hay fax, ni cartas, ni trato con clientes. Todo lo hace ese modelo, con un nombre que parece premonitorio: Cisco. Son casi cien páginas de instrucciones. Se las llevó a su casa. Las estudió. Nada. Esta vez el instrumento podía con él. No era capaz de solventar los problemas. El día que cumplía cincuenta y cinco años, cuarenta en la empresa, toda su vida, intento sacar en limpio algo de aquel manual sobre el Cisco más grande que había visto en su vida.
No podía Icario imaginar que aquella herramienta precipitaría la tragedia. Le llamó su jefe por el Cisco y por ofuscación y nerviosismo le colgó varias veces sin querer. Icario por primera vez perdió los nervios. Una descarga de repentina cólera, impropia en él, le llevo a arrojar el Cisco por la ventana abierta a una hermosa mañana soleada. Se hizo pedazos, igual que el corazón de Icario, o sus alas, que no se sabe bien que fue lo que se derritió con el acaloramiento. Nada pudieron hacer por Icario ni por el Cisco, ambos murieron en acto de servicio. El aparato fue sustituido por otro semejante. A Icario lo sustituyo una chica joven con probada habilidad para las nuevas tecnologías y que no tiene cera en las alas como el viejo Icario, que en paz esté.




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