14 dic. 2008

Mitorelato 12-Vuelo del Ave, en sueños,














Vuelo del AVE ,
en sueños
“ Un sueño es la mitad de una realidad “
Joseph Joubert
– Larrañaga, tiene usted que ir a Sevilla cuanto antes. Hoy mismo si es posible. No podemos continuar con esta situación. Si esos dos tienen responsabilidades, y yo creo que las tienen, con discreción pero con firmeza. No está el horno para estos bollos. Es grave, muy grave. Nos está costando carísima la expansión en Andalucía. El mes pasado lo de Galicia. Tenemos que intentar solventar esos casi cuarenta millones. Quiero a dos de Asesoría Jurídica permanentes en Sevilla y de usted, Larrañaga, quiero informes a la hora de como van las cosas. No me ande con paños calientes que como puede comprobar la situación es muy delicada.
Juan Larrañaga con el semblante serio de las grandes ocasiones asentía con un imperceptible gesto muy suyo a cada una de las palabras y órdenes del Director General. En estas ocasiones dramáticas la caoba del despacho del jefe semejaba al interior de un descomunal y lujoso ataúd.
Se presentaba un comienzo de semana movido. Había cargado las pilas haciendo ejercicio físico con su amigo Fidel, un poco de tenis. Luego por la noche había salido a cenar con Eva, su mujer, y unos amigos. Nada del otro mundo. Ahora con este comienzo de lunes tan fuerte le parecían esas horas del fin de semana como si las hubiera vivido el mes pasado.
Mientras salía en silencio del despacho y cogía el ascensor privado, un repentino y deslumbrante relámpago nocturno, le vino a su mente ocupada en los asuntos profesionales. La imagen nítida y fascinante de Loreto, precisamente una sevillana a la que había conocido hace unos meses en Alcalá de Henares durante un seminario de recursos humanos. Era de una belleza misteriosa y se fijó enseguida en su espléndida figura y en sus ojos. Cuando en un momento dado formaron grupito en una de las ponencias, supieron que ambos tenían algo en común. Sus gustos por ganar dinero, la desmedida ambición. Antes de terminar el seminario charlaron tomándose una copa. De ese primer contacto personal supo que los dos compartían lo que calificaron coquetamente de afición por viajar en tren. Si lo intentaba podía buscarse las vueltas y hacer realidad el sueño que se le había atravesado casi obsesivamente desde que se despidió de la impresionante Lotero.
Juan había ido dejando por el camino viejos ideales, algunos, tan sólo unos años atrás, los tenía como fundamentales en su vida. Era infiel a todos ellos. La alocada carrera contra su propia sombra no le daba tregua. Cada día era menos fiel a nada ni a nadie. Alguna madrugada, camino de Madrid, y a partes iguales repartidas entre nostalgia y remordimiento, surgían proyectados sobre el parabrisas de su coche las esquirlas de viejas ilusiones, de sueños perdidos, que a este Juan triunfador y amoral de ahora resultaban insignificantes y hasta ridículas, pero que no terminaban del todo de desaparecer. La conciencia, como un destello de focos deslumbradores cruzándose. Una ligera molestia borrada al instante. Le sobrevenían en los instantes en que, durante un trecho, la autopista y la línea ferroviaria coincidían. Recordaba a su padre ferroviario con una cesta de mimbre de la mano marchando los lunes de madrugada, silencioso, con un abrigo enorme. Conducía trenes al norte. No lo volvía a ver en toda la semana. Cuando regresaba solía contarle cosas; la nieve al atravesar los puertos de montaña, lo largos que eran los expresos, aquel viaducto en la noche que convertía el tren en un avión sin alas.– Tú tienes que estudiar Juanito... Ser más que tu padre. Él quería ser ferroviario, maquinista de trenes largos y luminosos. Sintió un estremecimiento, como si la voz de su padre la escuchara allí mismo dentro del coche, a la vez que le despeinaba el flequillo. Se tocaba la frente en busca de la huella dejada en la caricia. Todo se borraba con una mueca de desprecio ante el cotidiano atasco de Puerta de Hierro.
Este lunes Juan ha entrado en su despacho con los asépticos buenos días de Blanca, su secretaria. Pide los expedientes de Sevilla. El tema que ocupará sus próximas horas. Su mirada se pierde en la mañana triste e impura de Madrid. Un silencioso aluvión de luciérnagas blancas y rojas remarcan La Castellana como una doble vena de sangre y leche. Torre Picasso y un enorme cartel de rebajas parecen dibujadas con carboncillo. La lonja arcada de Nuevos Ministerios es el simple y cotidiano decorado de cartón-piedra de todas sus mañanas triunfales. Sus ojos se detienen distraídos en uno de esos puntos rojos de las frenadas de los coches. Le recuerdan las luces de gálibos de los trenes de largo recorrido. El teléfono esta vez le devuelve a Fonseca y Villacorta, Sevilla y muchos millones de impagados. Loreto con sus ojos grandes y negros, sus piernas largas y preciosas, como solo las tienen las chicas de económicas. ¿Sabes una cosa que me encanta?-- le había dicho la tarde de las copas a Loreto –viajar de noche en tren. Y como por asociación, él enseguida se fue a lo del coche-cama. Hacer el amor mientras el tren cruza un viaducto altísimo. Ella le dijo que recordaba una historia de amor en un tren. Una vieja película. Él, cinéfilo y preparado, comenzó a lucirse-- Roger Thornhill de North by Northwest, enamorándose de Eve Kendall en el compartimiento del tren, camino de Chicago. ¿No te acuerdas? Si que me acuerdo. Claro que me acuerdo. También Eve Kendall se enamora aquella noche de Cary Grant, le replicó mirándola a los ojos. En realidad esto último no tenía certeza de haberlo dicho.
–Loreto ¿te he despertado?. Quiero que vengas conmigo a Sevilla. No así no se lo puedo decir. Me gustaría llamarla. En ese momento entra la secretaria. Deja papeles sobre la mesa. Debería intentar llamarla...
– Blanca consigue dos reservas para Sevilla en el AVE de... las tres, por favor. Aplaza la reunión con los de Formación . Mierda, está lo del Comité de Empresa. Bueno, bueno. A ver si tragan.
Juan intenta una y otra vez concentrarse en su trabajo. Abre los expedientes que le han puesto sobre la mesa: Marcial Fonseca Ramírez, director desde hace ocho años. En la Empresa desde l970, Casado, cuatro hijos. La fotografía de un condenado, calvo y sonriente. Así es la vida. Tenía que llamar a Loreto. Como sabría ella de sus sueños. Suena el teléfono. Se sobresalta. Es el Interventor General. Detalles y detalles del asunto. Mientras Juan reanuda mentalmente la secuencia completa de la llamada a Loreto.– Buenos días ¿Te he despertado? Soy Juan ¿Me recuerdas?. Alcalá, Roger Thornhill . No mujer, no estoy loco. ¿Quieres venir conmigo a Sevilla unos días?
Juan seguía escuchando de fondo la voz del teléfono, la de la realidad– Tengo delante los expedientes de Tonti S.A. y Expholiopolis S.L. ¿Juan me escuchas? Reclamaba su atención el Interventor General. – Tela marinera el asunto.
Juan si escuchaba. Su mente es la que estaba alejada de la dramática situación que el interventor le estaba transmitiendo.
– Soy un ejecutivo que juega al tenis y monta en bicicleta los fines de semana, quiere mucho a su mujercita y se siente orgulloso de su chalet en la sierra y de su privilegiada situación. Soñé que era maquinista de tren. Quiero viajar en coche-cama, besar a Loreto largamente, mirar por la ventanilla las lejanas luces de los pueblos, como luciérnagas en un cuadro móvil. Sobre saltándonos ante esa sorprendente ráfaga que es otro tren cruzándose con el nuestro. Ver anochecer con el tren suspendido por la orilla de un lago. La frase de despedida del Interventor de nuevo puso a Juan en su prosaica realidad. En lo profundo de aquella ensoñación que había teni tan solo unos segundos parecía resonar, como un eco muy dulce, la voz de Loreto – ¿Podremos amarnos en el AVE? Es como un autobús, te mira todo el mundo–no te preocupes, en el AVE del sueño no espectadores.
Llegan con el tiempo justo a la estación de Atocha. Juan retira los billetes a su nombre. Precipitadamente cruzan por el vestíbulo tropical. Una azafata con cara de colegiala sonriente los acomoda frente a una pareja de ancianitas muy pintadas y que los miran con curiosidad dando las buenas tardes. La música de Albeñiz se silencia y una voz que Juan asocia con la de la azafata les da la hora, la duración del viaje a Sevilla, la temperatura y la velocidad. Con precisión de Maestranza en abril, el tren se pone en marcha dulcemente, sin tatatlán-tatatlán, sin pisar agujas, sin fragor ni adióses por las ventanillas.
– Juan que ilusión viajar a Sevilla en el AVE, aunque sea por motivos de trabajo y así deprisa y corriendo.
Juan replica – ¿Estás cómoda? Ya tendremos momentos tensos. A la vez observa su cuerpo al sentarse.
Blanca, su secretaria, Lleva un traje chaqueta con pantalón. Es rubia. Tiene la piel muy luminosa y bella.
En dos horas y cincuenta minutos Cary Grant y Eve Marie Saint habrán muerto de amor camino de Chicago. Mientras, Juan y su secretaria han comenzado a mirarse descaradamente a los ojos, lanzados a gran velocidad, camino de Sevilla.¿Alguien sabe si hay túneles en el trayecto?



(C) Mitorelato y dibujos ( Replicantes): M Iglesias.(C)

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