16 may. 2009

Mitorelato 19.- La esperanza

Gracias :Foto (C) Guillermo Morgana

Largos minutos. Escuchar su nombre, como un pistoletazo de salida. En ese instante debería comenzar a correr hacia la luz, sin mirar a los lados. Como cuando era niña en un pasillo oscuro alargaba los brazos palpando la llave, el pomo de la puerta, la salida.
Los minutos de espera se fueron llenando de sensaciones, de sonidos, incluso de sabores. Su marido guardaba silencio, como si todas las palabras se hubiesen derretido. Se estremeció con el abrazo diáfano y cariñoso de sus hijos, acompañado de un aroma-recuerdo de cuando los tenía en sus brazos, estrechados contra su pecho.
Tras los enormes ventanales la luz de primavera obligaba a todas las criaturas a saltar de alegría. Sintió aquella brisa única de cuando bajaba una gran pendiente en bicicleta. Aquella sensación reconfortante tras un enorme esfuerzo doloroso, interminable en la subida. En ese mismo instante vio cientos de paisajes hermosos. Las aguas de todos los arroyos. La luz de todos los atardeceres. Todas la risas juntas, mezcladas con la suya. Y el ritmo de sus sienes recomponiendo los sonidos de canciones de amor que ya tenía olvidadas.
Limpia, silenciosa, la luz del sol se puso a sus pies. Esa simple imagen la interpretó como una invitación. Al respirar profundo, en esa vibración que se siente como una intima congoja, palpó esos recuerdos como una iniciación. Esperanza; una consigna nacida de su naturaleza. La esperanza es el mejor remedio, el valor más grande, la mejor pócima mágica.
De repente una puerta se abrió. Alguien dijo su nombre: de noble cuna, significa tu nombre, le dijeron de niña.
La realidad cogió velocidad. Un beso, los abrazos, el golpeteo estruendoso en las sienes. Comenzó a correr y a correr, con rotundas y poderosas pedaladas. Sintió el ánimo silencioso que tiene la luz primaveral de todos los amaneceres del mundo. (C) M. Iglesias

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