20 jun. 2009

El regalo de Mnemósine

"Pero, venga, afortunada diosa, instígales a tus iniciados el recuerdo del piadoso ritual y manda lejos de ellos el olvido" Himnos Orficos Himno a Mnemósine (LXXVII)
foto:(C) C particular autor.
Ha recordado de pronto, como un regalo de la vieja diosa, una lejana noche, siendo niño: había visto La Máscara de Hierro en el pequeño cine que el curita de Hernani montaba a los chavales en una especie de garaje con bigas en el techo, bancos de madera y suelo polvoriento. Aquella terrorífica máscara danzaba en su cabecilla de niño. Hasta que su padre, en mitad de la noche, se sentó al borde de la cama y sosegó con su presencia todas aquellas pesadillas.
Años más tarde, una Semana Santa, en su Ciudad de origen, fue al cine con su padre. Era una sala enorme, lujosa, con una pantalla grande. Vieron juntos Ben-Hur. Recordó la lángida mano de Adam un instante antes de ser tocada por el Creador.
Él tocó por última vez los dedos fríos de su padre. Unos momentos antes de que alguien cerrara el ataúd. Antes de que todo desapareciera en el olvido. (C)

9 jun. 2009

A un Dios bien conocido

Bienaventurados aquellos que se ganan la vida con una actividad que les hace felices. Tener que trabajar y ganarte la vida en algo que odias te sumerge en la profundidad de la desdicha. Ser una sombra, una "nó-mina", una rueca girando. Acompasando el traqueteo de un inmenso telar. Tejiendo a ese Dios Universal y Poderoso sus mantos de armiño, sus brocados de oro, sus tapices multicolores no se alcanza felicidad alguna. Teología codificada en mandatos, objetivos, campañas: términos militares para conquistar algo inconquistable. Ese Dios Omnipotente, Creador de todo y dador de nada, decide cuanto es limosna, cuanto obligado diezmo. Nos dice a sus débiles y miserables "creyentes" cuando toca llorar, gemir, cuando la humillación completa. Ahora, durante un tiempo, ÉL dirá cuanto, el terror, el miedo, el hambre, la oscuridad reinaran a su antojo.
Aquellas luces y colgaduras fastuosas dejan paso, de pronto, al crespón negro. El Sol se ocultará.
Esta es mi repugnancia. Debo seguir sirviéndolo. Para cobrar el salario, estipendio, emolumento, soldada que me comprima el miedo en un bolsillo roto. Para ver crecer todo lo que pude sembrar con su permiso.
Admiro sin reservas a todos los que ganan su vida con el juego encantado de hacer lo que les gusta. Ellos fueron los que inscribieron en el templo lejano aquello de ; A un Dios desconocido. Yo no tengo esa suerte. (C)



3 jun. 2009

La niña sanabresa

Tiene frías sus manitas. Las tiene metidas entre el jersey. Mira al fotógrafo asustada, atónita. Esta futura mujer guardará para siempre el terror de una noche de Enero. Sus botas katiuskas, que parecen un regalo de algún gerifalte, pisan sobre la desolación y el lodo, la tristeza y lo incierto. Sin embargo, aunque tenga su propia vida, ya trazada, incluso vivida, quiero imaginar que esta niña fue feliz alejándose cada noche de la noche trágica. Ya mujer marchó lejos, se enamoró. Usó en todos sus invierno suaves guantes que le hicieron olvidar para siempre aquellos enternecedores sabañones.

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