18 oct. 2012

Mito Relato 24.- El niño insólito

Engracia nunca tuvo hijos, Dios no lo quiso. Viuda media vida y sola, se entretenía en un huerto a las afueras de su pueblo, Hermisende.
Un día de comienzos de verano, al regar los calabacines, en uno de los surcos, descubrió una manita sobresaliendo de la tierra oscura. Tras el susto fue tomando conciencia de que bajo el manto fértil, enterrado y muy pálido, un hermoso niño, como muerto, incorrupto, con una hermosa sonrisa a punto de despertar, se le ofrecía como el mejor de los tesoros.
Ella no estaba en edad, por tanto aquello que Dios le enviaba debía de ser un nieto. Lo desenterró, limpio la boquita y al poco el niño respiro hondo y abrió unos ojos dulces. Engracia lo abrazó con todo el amor de madre, de abuela, acumulado y comprimido toda su vida.
La palidez de la criatura fue desapareciendo. Lo alimentó, lo acurrucó en su cama. Era un niño insólito, hermoso. Fue su secreto una semana. Luego no pudo por menos que confesarse a D. Plácido, el cura. Éste sorprendido salió lanzado a casa de aquella mujer y pudo comprobar que Engracia tenía un niño hermosísimo en su casa.
Se empeñó el cura que el primer acto que debía procederse, antes incluso que llamar al cabo de la Guardia Civil, era bautizar al infante en secreto dada su procedencia. Llevó un frasco con agua bendita a casa de la Engracia y procedió con el rito de otorgar la Gracia de Dios al niño insólito. En el mismo momento de verter el agua bautismal sobre su cabecita, el crío se fue consumiendo hasta desaparecer, dejando un rastro como de humus negro, ceniza de un habano y migajas de azúcar quemado. Engracia lloró en silencio y D. Plácido salió congestionado buscando explicaciones. No he sabido quien se hizo con la historia. Engracia murió un mes más tarde, de pena, dicen las vecinas. En cuando al cura no creo que rompiera el secreto de confesión, aunque nunca se sabe.
© Manuel Iglesias Ilustracion Alan Lee

2 comentarios:

Carlos García Valverde dijo...

Precioso relato. Me ha encantado. Un abrazo. Carlos G.V.

lologuit dijo...

Amigo Carlos. Tu si que eres un buen narrador de historias. En venus y janóbriga ando dándole vueltas a este nuevo utensilio que precisa de unos golpecitos precisos, como el Tam-tam selvático, para que el receptor lea sin esfuerzo. Un fuerte abrazo y gracias

Busca nuestras entradas