14 feb. 2009

Mitorelatos 14.Pastoral Insólita V.Folletín por entregas




5 Abel, el resto de su vida.
Mayo irrumpió de golpe sobre los campos y los prados. Abel mantenía sus itinerarios pastoriles y pudo por fin hablar con el cartero una tarde calurosa y amodorrada en la que encontró al antiguo narrador adormilado en una sombra situada en el itinerario ovino. El cartero ante lo imprevisto del encuentro no pudo escabullirse. Unos alargados instantes dieron paso a los reproches y quejas de Abel. El cartero le rogó encarecidamente que lo dejase en paz que se olvidara del asunto. No quería volver al truque estipulado. Se había cansado de levantar suspicacias en el pueblo, de que todos hicieran chistes gruesos o mascullaran sentencias y dichos relacionados con aquella estrecha vinculación. El cartero juro que nada había contado a nadie. Que el secreto existía y que él no estaba dispuesto a desvelarlo. Dijo también que todo sería mejor si se compraba un aparato de video, a plazos, y así poder ver hasta el hartazgo aquellas películas que ocupaban tan importante papel en la vida del pastor. Abel miro al suelo y se marcho siguiendo el tintineo de sus ovejas. Al rato el cartero dormitaba a la sombra y las ovejas de Abel habían encontrado pasto fresco a lo lejos.
El verano se adelantaba. Las tardes pletóricas de luz se alargaban en unos horizontes inmensos. Abel regresaba con las ovejas ya tarde, no esperaba nunca a que se hiciera de noche. Aquel día el color del crepúsculo presagiaba el drama. Y el drama se desató, como ha ocurrido muchas veces, ilógico, irracional, desmesurado.

Ya desde el camino Abel se sorprendió de la humareda negra que salía de detrás de la casa. Apresuro el paso delegando el rebaño a los perros. El espectáculo lo dejó paralizado de horror: La Benita removía con el viejo palo largo ejecutor una hoguera turbulenta y negra, en la que arrojaba indiscriminadamente su tesoro, su colección de invisibles y fascinantes sueños. Sintió una sensación de impotencia que lo paralizó. Las carátulas con las fotografías de hermosas mujeres desaparecían entre los plásticos fundidos de las cajas negras y en el humo y las pavesas parecían reproducirse los gritos de terror de aquellos cuerpos desnudos ante el fuego. Sintió como, del placer sublime de aquellos cuerpos gozando en éxtasis, pasaban al dolor horrendo de la muerte.
Ajena a la presencia del hijo, La Benita continuó su labor purificadora. Despacio, silencioso se encaminó al cobertizo y empuño un azadón tremendo. La humareda se alzaba recta al firmamento crepuscular y Abel, sin mediar palabra, en el instante que la madre depositaba en la hoguera la última brazada de cajas, descargo seco y contundente un único golpe certero sobre la cabeza de La Benita. En esa descarga depositó el odio y la rabia de toda su existencia. La mujer con ese único impacto se desplomó de bruces sobre la hoguera. El cuerpo se hundió en silencio sobre las brasas. En unos minutos no se distinguía en medio de la brasa y el cuajaron de plásticos quemados. Las llamas parecían purificar el aire. Abel contemplo los efectos y sonidos de un cuerpo humano al quemarse. Las ovejas se movían en las proximidades del cobertizo. Los perros se acercaron a Abel solicitando instrucciones. Desapareció en la oscuridad de la casa y en unos instantes regreso con la niña en brazos. El silencio del largo atardecer se rompió con los terribles alaridos de aquel monstruo entre los negros restos de la hoguera. En una destartalada sala con televisión los reclusos se acercan al aparato. Se forma un galimatías de sillas arrastradas, toses, conversaciones, suspiros y algún lamento. Ponen una de esas películas eróticas de fines de semana. Si todo marcha bien a los reclusos les retrasan el toque de silencio una hora e incluso algo más. Abel hace un rato que se ha recluido voluntariamente en su celda. Nunca asiste al nocturno recreo. No mantiene trato con los demás reclusos. Intimidad solo la tiene en un grado superficial con su compañero de celda. Es un preso modelo. Trabaja en el pequeño taller de carpintería haciendo juguetes de madera. Cuando hace sol se pasea por el patio. Anda con un paso corto y tímido hasta que suena un timbre. Come poco y pasa casi todo el día sin hablar.

Como la mayor parte de los sábados, en su litera esperará despierto que el compañero regrese y de una manera peculiar, pausada y con detalle le cuente lo que ha visto en la televisión. Abel lo escucha en silencio. No replica ni hace comentarios.

Tiene metido dentro, para siempre, un peculiar olor a carne y plástico quemado.

© Manuel Iglesias. Jambrina 2009
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